Jul 23, 2010

Acordes



Cuando era chico, Néstor tuvo un sueño: un silencio se hacía sonido y el sonido se volvía música y el vacío, todo. Cada momento de su vida, estuvo marcado por la duración de una figura; períodos distinguidos por octavas, blancas y hasta fusas. Una redonda fueron sus dos etapas más puras: infancia y pre-adolescencia. Con el paso del tiempo, fue cada vez más innegable que su destino estaba escrito en un pentagrama. En la época en que todos se embebían de historias fantásticas de ocasión, mujeres pasajeras y alcoholes baratos, Néstor se fascinaba, por primera vez y para siempre, con aquella hermosa caja curvada y su gran mástil. Aquella figura fue la única que lo mantuvo desvelado años, que lo mantuvo enamorado; fue la única que lo conservó de los miedos, que siempre lo invitó a seguir. Sus cuerdas, sus trastes, su diapasón: todo era irremediablemente el puente que lo unía a la vida. Que lo hizo sentir vivo, que lo cuidó de todas esos dolores tristes que depara la vida. En una ocasión, Néstor brindó todo su amor. Todo era música en sí. Ante un altar y una multitud de creyentes, dio la mejor versión de una clásica canción. Algunos, lo miraron encorvándose, otros sostuvieron que era un enviado del diablo (yo voy por este lado) y otros, más irritantes, quisieron disiparlo, distraerlo, convencerlo de que no tenía potencial para lograr todos sus sueños, que no podía, que su voz no alcanzaba los requisitos, que nunca obtendría los resultados requeridos. Todos aquellos que lo escuchamos cantar, que lo sentimos, sabemos que es su destino, que el esfuerzo traerá aparejado resultados felices, que por sus venas corre más música que sangre.


Esas palabras en sus inicios, esos hechos, malintencionados o no, esas miradas malsanas, marcaron a fuego su corazón, pero también le sirvieron, desde ese entonces y hasta hoy, para saber que podía, que tenía que esforzarse, que tenía que seguir, que el también tenía que creer en sí mismo.


Años más tarde, ya adulto, la música siguió siendo el hilo que lo mantuvo firme ante toda adversidad. A lo largo de los años, junto con su deseo más real, aparecieron otras imágenes, otras figuras –si así podemos llamarlas– que quisieron devorarlo, convencerlo del final estratégico que darían los números y aquella vida paralela en la Facultad de Ciencias Económicas, aquella matemática que, desde Pitágoras, tanto tiene que ver con la música y que tan pocos entienden. Los números desdoblándose en acordes y cada acorde en una nota y cada nota en un momento y cada momento en una canción, y cada canción, en la vida.


Él mismo moldeó su vida solfeándola, tachó partituras, empezó de nuevo. Aprendió de oído en qué lugares quedarse y a dónde avanzar sin medir consecuencias. Alguna vez, ya sin fuerzas o enviciado por el entorno, abrazó una botella y se detuvo en un Jack Daniel´s, tomo más de un trago, y siguió. Siguió cuando todos los murmullos fueron ajenos y hostiles y cuando hasta su misma voz quiso callarse. En su afán de crecer, pudo abarcarlo todo. Se encaminó en el sueño, pudo contemplarlo, morir cada noche de desvelo ante un nuevo acorde, ante un nuevo show, ante un nuevo aplauso. Pudo aprender dónde estaba radicado su centro, cuál era su energía, cuáles sus debilidades, cuál la marca de whisky que no debía volver a comprar y cuál aquella fiel compañera que no lo abandonaría ni en la vejez, ni en la gloria.


Donde esté, espero que recuerde que hubo alguien que creyó en él con la misma corazonada y el mismo amor que él tuvo por la música.

Ornella

1 comment:

Fernando said...

Genial! que lindo texto pendeja! me encanto! te quiero! =)